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viernes, 12 de marzo de 2010

LA NOCHE VII


SIETE

Era ya de noche cuando Samuel Oliveira abrió los ojos. Aunque hubiese podido percatarse inmediatamente de que estaba atado a una pequeña silla de madera, no habría servido de nada. El profesor Köhler había usado una cuerda demasiado fuerte como para que aquel portugués delgaducho se pudiera soltar. Pero, aunque Samuel Oliveira hubiese podido darse cuenta igualmente de que estaba encerrado en un sótano de la Universidad de Colonia, no habría sido capaz de hacer nada para escapar. El profesor que tanto admiraba lo había atado y ocultado en un cuarto en desuso lleno de restos inútiles de excavaciones en el este de Anatolia, abandonado y olvidado desde hacía muchos años. Por tanto, aunque Samuel Oliveira, al despertar del que se le antojó un profundo sueño, hubiese sido capaz en ese momento de atar todos los cabos y darse cuenta de que el profesor que había ido a visitar a Berlín, lo había sedado y amordazado y le había robado el manuscrito, no habría podido hacer nada por salvar su vida.

Pero no se percató de nada de eso. Al abrir los ojos sólo vio una intensa oscuridad. Luego sintió que algo mojaba sus pies y ese algo subía cada vez más arriba. El pánico no lo dejó pensar en nada más.

lunes, 18 de enero de 2010

LA NOCHE VI

SEIS

Madrid, 15 de abril de 2009

Samuel Oliveira abrió su netbook a las 10 de la noche. Tenía 40 mensajes. Desechó más de la mitad y sólo abrió dos. El primero era del Departamento de Paleografía de la Universidad de Colonia. Estimaban que el facsímil del manuscrito que les había enviado correspondía a un documento de mediados del siglo XIII. Una sonrisa se le dibujó en la cara. Confirmaba sus sospechas. Abrió el segundo correo. Lo leyó detenidamente y durante un minuto reflexionó. Eliminó ambos mensajes. Activó el programa de borrado del disco duro y cerró el ordenador.

Berlín, 17 de abril

Hasta que no estuvo lo bastante cerca como para reconocerlo, Samuel Oliveira no se percató de que aquel hombre enjuto y de tez blanca como una carta era el profesor Köhler. Alexander Köhler era probablemente el mayor especialista mundial en documentos anteriores al año cero. A Samuel no le resultó difícil contactar con él por primera vez. Lo había escuchado en la Universidad de Lisboa, leído sus investigaciones, seguido y compartido su obsesión por la paleografía. Era toda una institución. Sólo tuvo que enviarle algunos datos sobre el manuscrito que había encontrado. La respuesta de Köhler llegó enseguida.

- ¿Lo ha traído?- se limitó a preguntar en un correcto inglés.

- Ese es el principal motivo de que esté aquí – contestó Samuel, algo sorprendido.

Alexander Köhler extendió su mano. Samuel comprendió que, por encima de todo, el profesor deseaba ver aquel extraño documento. Apoyó el maletín sobre el respaldo de un banco. Ante sus ojos apareció un viejo libro escrito a mano. Tenía el lomo algo quemado y se notaba que había sufrido muchos avatares a lo largo del tiempo. El profesor pasó los dedos suavemente y por un instante sintió que era el hombre más afortunado del mundo. Entonces la única idea que se le pasó por la cabeza era cómo quedarse con el libro y deshacerse de aquel portugués insignificante.

lunes, 14 de diciembre de 2009

LA NOCHE V

CINCO
Lisboa. 1 de noviembre de 1755,
día de todos los santos. 9:15 h.
Los animales no pararon de hacer ruido. Los burros rebuznaban. Las gallinas se habían vuelto locas. Los pájaros cruzaban la ciudad a gran velocidad. El joven vio lo que sucedía y recordó haber leído algo sobre sucesos similares. Inmediatamente se vio lanzado a correr, a correr todo lo que sus piernas le permitieron.
9:17 h.
El joven corrió todo lo que pudo. Atravesó el claustro, subió las estrechas escaleras y entró en la biblioteca. Un intenso olor a humedad penetró hasta sus entrañas y por un segundo percibió toda la antigüedad y la sabiduría que se acumulaba en el bello recinto. Pero no había tiempo. No tenía tanto tiempo. Así que fue hasta la estantería del fondo y recogió algunos de los libros. Todos los que le cupieron al levantar su hábito como quien coge flores del campo. Escogió las más intensas e ilustrativas obras de aquel estante. Verdaderas flores del estudio humano: la Antígona de Sófocles, el Index librorum prohibitorum, que le servía de guía para saber que lo prohibido era lo que debía leer, los Pensamientos de Pascal, el manuscrito de Aristarco... y el libro más enigmático de los que había consultado en los últimos años, una extraña obra de apuntes que descifraba números, signos y enigmas de diversas partes del mundo conocido, plagada de ilustraciones y cábalas sobre el futuro. Atravesó la biblioteca a grandes zancadas. Algún libro cayó por el camino pero no había tiempo de volverse. Bajó las escaleras. Un gran revuelo empezaba a rodearlo todo. Monjes de allá para acá. Cuadros, imágenes, cálices, arcones... todo lo que pudiera llevarse. No hubo tiempo de más. Cuando llegó a la calle vio estupefacto lo que comenzaba a ocurrir.
9:20 h.
El estruendo fue ensordecedor. El suelo tembló de tal manera que el joven cayó al suelo y con él los libros. El techo de la iglesia se desplomó de golpe. La bóveda se fue al suelo como un castillo de naipes y dejó al descubierto las nervaduras. Fueron cinco minutos que le parecieron una eternidad. No pudo incorporarse, intentó asirse a las raíces de un árbol que habían quedado al descubierto. Vio como se habría una enorme brecha en la calle que tragaba casas y personas. Cerró los ojos y sólo oyó un ruido profundo que ahogaba los gritos. Luego todo se calmó.
9:25 h.
Como pudo, recogió los libros y bajó por lo que quedaba de calle. Se detuvo un momento para girarse a ver su convento. Sólo vio un esqueleto. A lo lejos divisó la ciudad como en el juicio final. El mar había retrocedido muchos metros y quedaban a la vista los restos de los naufragios. Por todos lados había fuegos. Recordó el libro del Apocalipsis y durante un momento hizo balance de su vida. Se le antojó demasiada carga. Un grito lo devolvió a la realidad. Dejó los libros bajo los restos de un carro y corrió a salvar cuerpos, que no almas.

viernes, 4 de diciembre de 2009

LA NOCHE IV

CUATRO
Hasta que no comenzó a despuntar el día, no dio por terminada su investigación. Llevaba noches enteras sin dormir, estudiando el pergamino, consultando viejos libros de cábalas y profecías. Cada símbolo, cada suposición, cada interpretación, le habían conducido a más y más conclusiones enrevesadas. Ninguna lo convencía. Todas lo inquietaban. Pero esa mañana creyó haber llegado a la verdad. Por eso dobló el pergamino en cuatro partes y cuidadosamente lo colocó al final de su libro de apuntes. Antes de cerrarlo le echó un último vistazo. Hojas y hojas de disquisiciones, de referencias a textos que se remontaban a mucho antes de los egipcios, dibujos de signos similares que otros habían recogido en estudios e investigaciones diversas. Todo aquello formaba un hermoso libro de alquimia histórica, que no hablaba del pasado, sino del futuro. Era eso y no otra cosa, lo que más lo inquietaba. Llevaba semanas escribiendo sobre cosas que aún no habían pasado; cosas que ni siquiera él constataría nunca; que sus ojos jamás contemplarían.
Durante un rato reflexionó. Vio la luz de la mañana entrar por un resquicio de la ventana. Ordenó la mesa de trabajo de los últimos meses. Recogió los primeros bocetos y las pequeñas anotaciones innecesarias y las echó al fuego de la estufa. Luego cogió con fuerza el libro de apuntes. Sintió sus tapas duras bajo el brazo. Apagó la vela y salió.
Fuera corría una brisa algo gélida. Vio pasar un carro que se apresuraba a empezar su trabajo diario y al hombre y al niño que lo guiaban. Cruzó la plaza, atravesó las callejuelas, caminó firmemente hasta el convento Do Carmo. Sacó una pequeña llave del interior de su túnica y abrió una puerta lateral que hizo un ruido que a él se le antojó fantástico. Olía un poco a humedad. En soledad llegó hasta la biblioteca, se acercó a una estantería del fondo y colocó su libro de apuntes ligeramente ladeado, entre unos libros viejos. Cuando abandonaba la estancia se giró y le pareció un libro demasiado nuevo para aquel recinto tan antiguo. Bajó las escaleras al son de los cantos que venían de la iglesia. Ojeó al trasluz y vio a un grupo de monjas y a unos vecinos rezando. Le pareció algo absurdo, sabiendo lo que él acababa de escribir. En la calle sintió algo más de calor. Bajó hasta la plaza y se paró un momento ante un hermoso galeón atracado en el muelle. Absorto en la nave sintió que algo le rozaba su brazo derecho. Se giró y vio una escuálida figura perdiéndose en los soportales y que reconoció inmediatamente. La intentó seguir durante un rato, hasta el castillo de San Jorge. Justo cuando la alcanzaba, un carro cargado de barriles se cruzó en su camino. Aunque quiso evitarlo, no pudo. La pesada rueda se le echó encima. Cayó al suelo sin poder defenderse. En la distancia vio al galeón henchir sus velas para emprender un nuevo viaje. Todo se hizo oscuridad y silencio.

viernes, 20 de noviembre de 2009

LA NOCHE III

TRES
Identificó rápidamente la mayoría de aquellos símbolos. Hacía unos tres años que había llegado hasta sus manos un raro ejemplar de escritura jeroglífica. Se lo había proporcionado un viejo amigo a su regreso de Nueva España. La primera vez que lo vio no supo cómo reaccionar. Las cabezas aladas, los seres con un ojo, los círculos, las manos recogidas... Nada de todo aquello entraba en la mente de un hombre como él, acostumbrado a descifrar escritos latinos. Luego vinieron las cábalas y las suposiciones. Las interpretaciones de otros viajeros llegados desde aquel lejano y tenebroso reino en Las Indias. Por eso ahora podía comprender casi todos los símbolos que aparecían en el pergamino que una extraña y huesuda sombra había dejado a sus pies. También por eso sintió la misma angustia al reconocerlos.
Leyó mentalmente la primera serie: identificó el número veinte, la serie inicial de un suceso que duraba años; el cero repetido varias veces significaba la desgracia de una pérdida insufrible; la mano del dios sobre la cabeza del mundo era la inversión de los polos que decían desde antiguo los griegos; la cuenta atrás de las lunas... no era un buen augurio. Sólo un signo escapaba a su entendimiento: aquella especie de llave invertida que su dedo índice trató de escudriñar y resolver al tacto con el pergamino. No supo qué era, qué significaba, qué escondía.
Volvió a enrollarlo y caminó despacio hacia su casa. La noche parecía aún más cerrada. La llave se le presentó en sueños varias veces, pero no sabía qué puerta del conocimiento estaba destinada a abrir. Únicamente intuía que una vez abierta ya no podría cerrarla.

viernes, 13 de noviembre de 2009

LA NOCHE II

DOS
Hasta unos minutos después no percibió los pasos que lo seguían. Paró y los pasos cesaron. Siguió y los pasos reanudaron su repetitivo y sutil ritmo. Callejeó un rato intentando perderlos. Las luces habían cesado, la luna estaba oculta, las sombras deambulaban entre las piedras. Un sudor frío recorrió las arrugas de su frente. Por fin, paró junto a la puerta de un convento. De reojo vio un torno al fondo del estrecho zaguán y recordó su propio pasado y se vio como un recién nacido siendo intercambiado y expuesto. En esos segundos absorto en su niñez no reparó en los pasos y cuando volvió al presente ya no los oyó. Sintió que también habían formado parte de aquellos pensamientos y se incorporó de nuevo a la callejuela. No dio tres pasos. Antes de que se diera cuenta una mano huesuda había salido de entre las sombras y ante sus ojos extendía un pergamino. Siguió la línea de aquellos huesos, vio un hombro casi descubierto e intentó distinguir rasgos en una cara semioculta. La mano insistía en entregarle el pergamino. No tuvo miedo, o al menos en ese momento, el que antes había podido sentir se desvaneció como aquella figura en la noche. El pergamino cayó a sus pies y se abrió ligeramente. Para cuando se agachó a recogerlo ya había reconocido los signos que en él aparecían. Lo que logró leer fue lo que le produjo el verdadero miedo.

lunes, 2 de noviembre de 2009

LA NOCHE

UNO
Eran cerca de las doce de la noche. De una noche cerrada y casi muda. Las pocas luces que aún quedaban, iluminaban los rincones y las esquinas de las callejuelas. Apenas podría un alma ver algo en aquella tenebrosa oscuridad. Así que salió con prudencia y abandonó su escondite sigilosamente, evitando levantar sospechas incómodas o ruidos innecesarios, que a esas horas resultarían estruendosos y, lo que era peor, sospechosos. La noche transformaba las figuras en sombras y los rasgos de su cara se afilaban y profundizaban en su pasado, dejando entrever historias y sucesos oscuros. Por un momento todos los fantasmas parecieron concentrarse en él y envolverlo en una túnica de misterio. Absorto como estaba en todos aquellos ancestrales pensamientos, apenas percibió la sombra que lo acompañaba y tan sólo un ruido sutil de unos pasos ajenos logró devolverlo a la cerrada noche.