
CINCO
Lisboa. 1 de noviembre de 1755,
día de todos los santos. 9:15 h.
Los animales no pararon de hacer ruido. Los burros rebuznaban. Las gallinas se habían vuelto locas. Los pájaros cruzaban la ciudad a gran velocidad. El joven vio lo que sucedía y recordó haber leído algo sobre sucesos similares. Inmediatamente se vio lanzado a correr, a correr todo lo que sus piernas le permitieron.
9:17 h.
El joven corrió todo lo que pudo. Atravesó el claustro, subió las estrechas escaleras y entró en la biblioteca. Un intenso olor a humedad penetró hasta sus entrañas y por un segundo percibió toda la antigüedad y la sabiduría que se acumulaba en el bello recinto. Pero no había tiempo. No tenía tanto tiempo. Así que fue hasta la estantería del fondo y recogió algunos de los libros. Todos los que le cupieron al levantar su hábito como quien coge flores del campo. Escogió las más intensas e ilustrativas obras de aquel estante. Verdaderas flores del estudio humano: la Antígona de Sófocles, el Index librorum prohibitorum, que le servía de guía para saber que lo prohibido era lo que debía leer, los Pensamientos de Pascal, el manuscrito de Aristarco... y el libro más enigmático de los que había consultado en los últimos años, una extraña obra de apuntes que descifraba números, signos y enigmas de diversas partes del mundo conocido, plagada de ilustraciones y cábalas sobre el futuro. Atravesó la biblioteca a grandes zancadas. Algún libro cayó por el camino pero no había tiempo de volverse. Bajó las escaleras. Un gran revuelo empezaba a rodearlo todo. Monjes de allá para acá. Cuadros, imágenes, cálices, arcones... todo lo que pudiera llevarse. No hubo tiempo de más. Cuando llegó a la calle vio estupefacto lo que comenzaba a ocurrir.
9:20 h.
El estruendo fue ensordecedor. El suelo tembló de tal manera que el joven cayó al suelo y con él los libros. El techo de la iglesia se desplomó de golpe. La bóveda se fue al suelo como un castillo de naipes y dejó al descubierto las nervaduras. Fueron cinco minutos que le parecieron una eternidad. No pudo incorporarse, intentó asirse a las raíces de un árbol que habían quedado al descubierto. Vio como se habría una enorme brecha en la calle que tragaba casas y personas. Cerró los ojos y sólo oyó un ruido profundo que ahogaba los gritos. Luego todo se calmó.
9:25 h.
Como pudo, recogió los libros y bajó por lo que quedaba de calle. Se detuvo un momento para girarse a ver su convento. Sólo vio un esqueleto. A lo lejos divisó la ciudad como en el juicio final. El mar había retrocedido muchos metros y quedaban a la vista los restos de los naufragios. Por todos lados había fuegos. Recordó el libro del Apocalipsis y durante un momento hizo balance de su vida. Se le antojó demasiada carga. Un grito lo devolvió a la realidad. Dejó los libros bajo los restos de un carro y corrió a salvar cuerpos, que no almas.