miércoles, 23 de diciembre de 2009

¡POR FIN! YA HA SALIDO "EL TESORO DEL ABUELO"


¡El primer libro que he ilustrado ya ha salido a la venta!

¡Por fin, ya está aquí!

"El tesoro del abuelo", de Guillermo A. Cabrera Moya, ya ha aparecido en la página web de la editorial. Muchas gracias Guille por haber confiado en mí para tu proyecto.

Es el mejor regalo de Navidad.


FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO MMX

Este blog está a punto de cumplir las 4.000 visitas desde que se creó en julio de este año. Aprovecho para agradecer a todos los que sé que entran con frecuencia y a los que entrarán. Ahora toca descansar y desearles que esta Navidad sea muy feliz y el año 2010 esté lleno de ilusiones cumplidas. ¡Nos vemos en enero!

martes, 22 de diciembre de 2009

TARJETAS DE NAVIDAD

sábado, 19 de diciembre de 2009

ÁRBOL DE NAVIDAD

Un árbol de Navidad para todos mis compañer@s de Guargacho. ¡Feliz Navidad a todos los que nos dedicamos a la enseñanza!

miércoles, 16 de diciembre de 2009

TARJETAS DE NAVIDAD

Modelo de tarjeta de Navidad. Dedicado a los compañeros del coche.

lunes, 14 de diciembre de 2009

LA NOCHE V

CINCO
Lisboa. 1 de noviembre de 1755,
día de todos los santos. 9:15 h.
Los animales no pararon de hacer ruido. Los burros rebuznaban. Las gallinas se habían vuelto locas. Los pájaros cruzaban la ciudad a gran velocidad. El joven vio lo que sucedía y recordó haber leído algo sobre sucesos similares. Inmediatamente se vio lanzado a correr, a correr todo lo que sus piernas le permitieron.
9:17 h.
El joven corrió todo lo que pudo. Atravesó el claustro, subió las estrechas escaleras y entró en la biblioteca. Un intenso olor a humedad penetró hasta sus entrañas y por un segundo percibió toda la antigüedad y la sabiduría que se acumulaba en el bello recinto. Pero no había tiempo. No tenía tanto tiempo. Así que fue hasta la estantería del fondo y recogió algunos de los libros. Todos los que le cupieron al levantar su hábito como quien coge flores del campo. Escogió las más intensas e ilustrativas obras de aquel estante. Verdaderas flores del estudio humano: la Antígona de Sófocles, el Index librorum prohibitorum, que le servía de guía para saber que lo prohibido era lo que debía leer, los Pensamientos de Pascal, el manuscrito de Aristarco... y el libro más enigmático de los que había consultado en los últimos años, una extraña obra de apuntes que descifraba números, signos y enigmas de diversas partes del mundo conocido, plagada de ilustraciones y cábalas sobre el futuro. Atravesó la biblioteca a grandes zancadas. Algún libro cayó por el camino pero no había tiempo de volverse. Bajó las escaleras. Un gran revuelo empezaba a rodearlo todo. Monjes de allá para acá. Cuadros, imágenes, cálices, arcones... todo lo que pudiera llevarse. No hubo tiempo de más. Cuando llegó a la calle vio estupefacto lo que comenzaba a ocurrir.
9:20 h.
El estruendo fue ensordecedor. El suelo tembló de tal manera que el joven cayó al suelo y con él los libros. El techo de la iglesia se desplomó de golpe. La bóveda se fue al suelo como un castillo de naipes y dejó al descubierto las nervaduras. Fueron cinco minutos que le parecieron una eternidad. No pudo incorporarse, intentó asirse a las raíces de un árbol que habían quedado al descubierto. Vio como se habría una enorme brecha en la calle que tragaba casas y personas. Cerró los ojos y sólo oyó un ruido profundo que ahogaba los gritos. Luego todo se calmó.
9:25 h.
Como pudo, recogió los libros y bajó por lo que quedaba de calle. Se detuvo un momento para girarse a ver su convento. Sólo vio un esqueleto. A lo lejos divisó la ciudad como en el juicio final. El mar había retrocedido muchos metros y quedaban a la vista los restos de los naufragios. Por todos lados había fuegos. Recordó el libro del Apocalipsis y durante un momento hizo balance de su vida. Se le antojó demasiada carga. Un grito lo devolvió a la realidad. Dejó los libros bajo los restos de un carro y corrió a salvar cuerpos, que no almas.

viernes, 11 de diciembre de 2009

viernes, 4 de diciembre de 2009

LA NOCHE IV

CUATRO
Hasta que no comenzó a despuntar el día, no dio por terminada su investigación. Llevaba noches enteras sin dormir, estudiando el pergamino, consultando viejos libros de cábalas y profecías. Cada símbolo, cada suposición, cada interpretación, le habían conducido a más y más conclusiones enrevesadas. Ninguna lo convencía. Todas lo inquietaban. Pero esa mañana creyó haber llegado a la verdad. Por eso dobló el pergamino en cuatro partes y cuidadosamente lo colocó al final de su libro de apuntes. Antes de cerrarlo le echó un último vistazo. Hojas y hojas de disquisiciones, de referencias a textos que se remontaban a mucho antes de los egipcios, dibujos de signos similares que otros habían recogido en estudios e investigaciones diversas. Todo aquello formaba un hermoso libro de alquimia histórica, que no hablaba del pasado, sino del futuro. Era eso y no otra cosa, lo que más lo inquietaba. Llevaba semanas escribiendo sobre cosas que aún no habían pasado; cosas que ni siquiera él constataría nunca; que sus ojos jamás contemplarían.
Durante un rato reflexionó. Vio la luz de la mañana entrar por un resquicio de la ventana. Ordenó la mesa de trabajo de los últimos meses. Recogió los primeros bocetos y las pequeñas anotaciones innecesarias y las echó al fuego de la estufa. Luego cogió con fuerza el libro de apuntes. Sintió sus tapas duras bajo el brazo. Apagó la vela y salió.
Fuera corría una brisa algo gélida. Vio pasar un carro que se apresuraba a empezar su trabajo diario y al hombre y al niño que lo guiaban. Cruzó la plaza, atravesó las callejuelas, caminó firmemente hasta el convento Do Carmo. Sacó una pequeña llave del interior de su túnica y abrió una puerta lateral que hizo un ruido que a él se le antojó fantástico. Olía un poco a humedad. En soledad llegó hasta la biblioteca, se acercó a una estantería del fondo y colocó su libro de apuntes ligeramente ladeado, entre unos libros viejos. Cuando abandonaba la estancia se giró y le pareció un libro demasiado nuevo para aquel recinto tan antiguo. Bajó las escaleras al son de los cantos que venían de la iglesia. Ojeó al trasluz y vio a un grupo de monjas y a unos vecinos rezando. Le pareció algo absurdo, sabiendo lo que él acababa de escribir. En la calle sintió algo más de calor. Bajó hasta la plaza y se paró un momento ante un hermoso galeón atracado en el muelle. Absorto en la nave sintió que algo le rozaba su brazo derecho. Se giró y vio una escuálida figura perdiéndose en los soportales y que reconoció inmediatamente. La intentó seguir durante un rato, hasta el castillo de San Jorge. Justo cuando la alcanzaba, un carro cargado de barriles se cruzó en su camino. Aunque quiso evitarlo, no pudo. La pesada rueda se le echó encima. Cayó al suelo sin poder defenderse. En la distancia vio al galeón henchir sus velas para emprender un nuevo viaje. Todo se hizo oscuridad y silencio.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

ESTRELLAS

¡Cuidado con las olas!